domingo, 27 de noviembre de 2011

Cuento policiaco

Tragedia navideña, de Agatha Christie



-Debo presentar una queja -dijo don Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes contemplaban a los reunidos.

El coronel Bantry, con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojos fijos en la repisa de la chimenea, como si fuera un soldado culpable, mientras su esposa hojeaba recelosa un catálogo de bulbos que acababa de llegarle en el último correo. El doctor Lloyd observaba con franca admiración a Jane Helier, y la joven y hermosa actriz sus uñas rojas. Sólo aquella anciana solterona, la señorita Marple, estaba sentada muy erguida y sus ojos azules se encontraron con los de don Henry con un guiño interrogador:

-¿Una queja?

-Unas queja muy seria. Nos hallamos reunidos seis personas, tres representantes de cada sexo, y yo protesto en nombre de los caballeros. Esta noche hemos contado tres historias, una cada uno de nosotros. Protesto porque las señoras no cumplen con su parte.

-¡Oh! -exclamó la señora Bantry indignada-. Estoy segura de que hemos cumplido. Hemos escuchado con toda atención, adoptando la actitud más femenina, la de no querer exhibirnos ante las candilejas.

-Es una excusa excelente -replicó don Henry-, pero no sirve. ¡Y eso que tiene un buen precedente en Las mil y una noches! De modo que adelante, Scherezade.

-¿Se refiere a mí? -preguntó la señora Bantry-. ¡Pero si yo no tengo nada que contar! Nunca me he visto rodeada de sangre ni de misterios.

-No ha de tratarse necesariamente de un crimen sangriento -dijo don Henry-. Pero estoy seguro de que una de nuestras tres damas tiene algún misterio pequeñito. Vamos, señorita Marple, cuéntenos “La extraña coincidencia de la asistenta”, o “El misterio de la reunión de madres”. No me decepcione usted en St. Mary Mead.

La señorita Marple meneó la cabeza.

-Nada que pudiera interesarle, don Henry. Tenemos nuestros pequeños misterios, por supuesto: un kilo de camarones que desapareció de la manera más incomprensible, pero eso no puede interesarle porque resultó ser muy trivial, aunque arrojara mucha luz acerca de la naturaleza humana.

-Usted me ha enseñado a creer en la naturaleza humana -replicó don Henry en tono solemne.

-¿Y qué nos cuenta usted, señorita Helier? -le preguntó el coronel Bantry-. Debe de haber tenido algunas experiencias interesantes.

-Sí, desde luego -intervino el doctor Lloyd.

-¿Yo? -dijo Jane-. ¿Es que... es que quieren que les cuente algo que me haya ocurrido?

-A usted o a alguno de sus amigos -rectificó decididamente don Henry.

-¡Oh! -dijo Jane con aire ausente-. No creo que nunca me haya ocurrido nada. Me refiero a nada parecido. He recibido muchas flores, por supuesto, y extraños mensajes, pero eso es propio de los hombres, ¿no les parece? No creo... -y haciendo una pausa se quedó absorta en sus recuerdos.

-Veo que tendremos que resignarnos al relato del kilo de camarones -dijo don Henry-. Vamos, señorita Marple.

-Es usted tan aficionado a las bromas, don Henry. Lo de los camarones es una tontería. Pero ahora que lo pienso, recuerdo un incidente... en realidad, no se trata de un incidente sino de algo mucho más serio, una tragedia. Y yo, en cierto modo, me vi mezclada en ella. Y nunca me he arrepentido de lo que hice. No, en absoluto. Pero no ocurrió en St. Mary Mead.

-Eso me decepciona -dijo don Henry-, pero procuraré sobreponerme. Sabía que podíamos confiar en usted.

Y adoptó la posición del oyente, mientras la señorita Marple enrojecía ligeramente.

-Espero que sabré contarlo como es debido -se disculpó preocupada-. Siempre tengo tendencia a divagar. Me voy de una cosa a otra sin darme cuenta de que lo hago. Y es tan difícil recordarlo todo con el debido orden. Tienen que perdonarme si les cuento mal la historia. Ocurrió hace tanto tiempo. Como digo, no tiene relación alguna con St. Mary Mead. A decir verdad, ocurrió en un hidro...

-¿Se refiere a uno de esos aviones que van por el mar? -preguntó Jane con los ojos muy abiertos.

-No, querida -dijo la señora Bantry, que le explicó que se trataba de un balneario hidrotermal, y su esposo agregó este comentario:

-¡Unos lugares horribles, horribles! Hay que levantarse temprano para beber un vaso de agua que sabe a demonios. Hay montones de ancianas sentadas por todas partes e intercambiando todo el día malvadas habladurías. Cielos, cuando pienso...

-Vamos, Arthur -dijo su esposa en tono amable-. Sabes que te sentó admirablemente.

-Montones de ancianas comentando escándalos -gruñó el coronel Bantry.

-Me temo que eso es cierto -dijo la señorita Marple-. Yo misma...

-Mi querida señorita Marple -exclamó el coronel horrorizado-. No quise decir ni por un momento...

Con las mejillas sonrosadas y un ademán de la mano, la señorita Marple lo hizo callar.

-Pero si es cierto, coronel Bantry. Sólo quería decirle esto. Déjeme ordenar mis ideas. Sí, hablan de escándalos, como usted dice, y casi todo el tiempo. La gente es muy aficionada a eso. Especialmente los jóvenes. Mi sobrino, que escribe libros, y muy buenos según creo, ha dicho cosas terribles sobre el hábito de difamar a otras personas sin tener la menor clase de pruebas, de lo malvado que es eso y demás. Pero lo que yo digo es que ninguna persona joven se para a pensar. En realidad, no examinan los hechos. Y sin duda el problema es éste: ¡Cuántas veces son ciertas las habladurías, como usted las llama! ¡Y como les digo, yo creo que, si en realidad examinaran los hechos, descubrirían que son ciertas nueve veces de cada diez! Por eso la gente se molesta tanto por ellas.

-Inspiradas presunciones -dijo don Henry.

-¡No!, ¡nada de eso! En realidad, se trata de una cuestión de práctica y experiencia. Tengo entendido que, si a un egiptólogo se le enseña uno de esos escarabajos tan curiosos, con sólo mirarlo puede decir si data de antes de Jesucristo o se trata de una vulgar imitación. Y no puede dar una regla definitiva de cómo lo consigue. Lo sabe. Se ha pasado toda la vida manejando esas piezas.

"Y eso es lo que estoy tratando de decir (muy mal, ya lo sé). Esas mujeres a quienes mi sobrino califica de “ociosas” disponen de mucho tiempo y su principal interés por lo general es ocuparse de la gente. Y por eso llegan a convertirse en expertas. Ahora los jóvenes hablan con toda libertad de cosas que ni siquiera se mencionaban en mis días, pero, en cambio, tienen una mentalidad absolutamente inocente. Creen en todo y en cualquiera. Y si alguien intenta prevenirlos, aunque sea con prudencia, le dicen que tiene una mentalidad victoriana, y eso, según ellos, es como estar en un pozo."

-¿Y qué tienen de malo los pozos? -dijo don Henry.

-Exacto -respondió la señorita Marple-, es lo más necesario en una casa. Pero desde luego, no es nada romántico. Ahora debo confesarles que yo también tengo mis sentimientos como cualquiera, y en determinadas ocasiones me han herido profundamente con comentarios hechos sin pensar. Sé que a los caballeros no les interesan las cuestiones domésticas, pero debo mencionar a una doncella que tuve, Ethel, una muchacha muy atractiva y cumplidora. Ahora bien, en cuanto la vi, me di cuenta de que era como Annie Webb y la hija de la pobre señora Bruitt. Si se le presentara ocasión, eso de lo mío y de lo tuyo no significaría nada para ella. De modo que la despedí a final de mes, dándole una carta de recomendación en la que decía que era honrada y sensata, pero por mi cuenta advertí a la señora Edwards para que no la contratara, y mi sobrino Raymond se puso furioso y dijo que nunca había visto una maldad semejante, sí, maldad. Pues bien, entró en casa de la señora Ashton, a quien yo no tenía obligación de advertir, ¿y qué ocurrió? Desaparecieron todos los encajes de su ropa interior y dos broches de brillantes. La muchacha se marchó en medio de la noche y nadie ha vuelto tener noticias de ella.

La señorita Marple hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:

-Ustedes dirán que esto no tiene nada que ver con lo que ocurrió en el balneario de Keston Spa, pero lo tiene en cierto modo. Explica que yo no tuviera la menor duda, desde el momento en que vi juntos a los Sanders, de que él pretendía deshacerse de ella.

-¿Eh? -exclamó don Henry, inclinándose hacia delante.

La señorita Marple volvió su apacible rostro hacia él.

-Como le decía, don Henry, no me cupo la menor duda. El señor Sanders era un hombre corpulento, bien parecido, de rostro coloradote, muy franco en su trato y popular entre todos. Y nadie podía ser más amable con su esposa. ¡Pero yo sabía que trataba de deshacerse de ella!

-Mi querida señorita Marple...

-Sí, lo sé. Eso es lo que diría mi sobrino, Raymond West, que no tenía la menor prueba, pero yo recuerdo a Walter Hones. Una noche que volvía paseando con su esposa, ella se cayó al río y él cobró el dinero del seguro. Y también recuerdo a un par de personas que andan sueltas por ahí hasta la fecha. Por cierto que una de ellas pertenece a nuestra misma esfera social. Se marchó a Suiza para hacer excursiones durante el verano con su esposa. Yo le aconsejé que no fuera. La pobre ni siquiera se enfadó conmigo, se limitó a reírse. Le parecía tan gracioso que una viejecita como yo le dijera semejantes cosas de su Harry.

"Bien, bien, sufrió un accidente y ahora Harry está casado con otra, pero, ¿qué podía hacer yo? Lo sabía, pero no tenía la menor prueba."

-¡Oh, señorita Marple! -exclamó la señora Bantry-. No querrá decir que...

-Querida, estas cosas son muy corrientes, ya lo creo que lo son. Y los caballeros se sienten especialmente tentados por ser mucho más fuertes. Es tan fácil que parezca un accidente. Como les digo, en cuanto vi a los Sanders, lo supe. Fue en un tranvía. Estaba lleno y tuve que subir al piso superior. Nos levantamos los tres para apearnos y el señor Sanders perdió el equilibrio, se cayó hacia su esposa y la hizo caer escaleras abajo. Por fortuna, el cobrador era un hombre muy fuerte y logró sujetarla.

-Pero pudo tratarse muy bien de un accidente.

-Desde luego que lo fue, nada pudo ser más accidental. Pero el señor Sanders había pertenecido a la marina mercante, según me dijo, y un hombre que es capaz de conservar el equilibrio en uno de esos barcos que se inclinan tanto, no lo pierde en la imperial de un tranvía, cuando no lo perdió una vieja como yo. ¡No me diga eso!

-Y fue entonces cuando se convenció, ¿no es cierto, señorita Marple? -manifestó don Henry.

La anciana asintió.

-Estaba bastante segura, pero otro incidente ocurrido al cruzar la calle no mucho después me convenció todavía más. Ahora le pregunto a usted, don Henry, ¿qué podía hacer yo? Allí estaba una mujercita casada y feliz que no tardaría en ser asesinada.

-Mi querida amiga, me deja usted sin respiración.

-Eso le pasa porque, como la mayoría de la gente de hoy en día, no se enfrenta usted a los hechos. Prefiere pensar que ciertas cosas son imposibles. Pero son así y yo lo sabía. ¡Pero una se ve atada de pies y manos! Por ejemplo, no podía acudir a la policía; advertir a la joven hubiera sido inútil. Estaba enamorada de aquel hombre. De modo que me dispuse a averiguar todo lo que pudiera acerca de ellos. Hay un sinfín de oportunidades mientras se hace labor alrededor del fuego. La señora Sanders, Gladys era su nombre de pila, estaba deseosa de hablar. Al parecer no llevaban mucho tiempo casados. Su esposo debía heredar algunas propiedades, pero por el momento estaban bastante mal de dinero. En resumen, vivían de la pequeña renta de ella. Ya había oído la misma historia otras veces. Se lamentaba de no poder tocar el capital. ¡Al parecer, alguien había tenido un poco de sentido común! Pero el dinero era suyo y podía dejárselo a quien quisiera, según averigüé. Ella y su esposo habían hecho testamento, poco después de su matrimonio, uno a favor del otro. Muy conmovedor. Claro que cuando a Jack le fueran bien las cosas... Esa era la carga que debían soportar y entretanto andaban bastante apurados. Por aquel entonces tenían una habitación en el piso más alto, entre las del servicio, y muy peligrosa en caso de incendio, aunque tenían una escalera de incendios precisamente delante de la ventana. Me informé prudentemente de si tenían balcón. Son tan peligrosos los balcones... un empujoncito y...

"Le hice prometer a ella que no se asomaría al balcón, que había tenido un sueño. Esto la impresionó. A veces se puede hacer algún favor aprovechándose de la superstición. Era una joven rubia, de facciones un tanto desdibujadas, que llevaba los cabellos recogidos en un moño sobre la nuca. Y muy crédula. Le contó a su marido lo que yo le había dicho y observé que él me miraba con curiosidad un par de veces. Él no era crédulo y sabía que yo iba en aquel tranvía.

"Pero yo estaba preocupada, muy preocupada, porque no veía cómo podría engañarle. Podía impedir que ocurriese algo en el balneario con sólo decir unas palabras que le demostraran mis sospechas, pero eso únicamente significaría aplazar su plan hasta más tarde. No, empecé a creer que la única política aconsejable era una más osada y, de un modo u otro, tenderle una trampa. Si consiguiera inducirle a atentar contra la vida de su esposa por algún medio escogido por mí, entonces quedaría desenmascarado y ella se vería obligada a enfrentarse con la verdad por mucho que le sorprendiera."

-Me deja usted sin habla -dijo el doctor Lloyd-. ¿Qué plan podía usted seguir?

-Hubiera encontrado alguno, no tema -replicó la señorita Marple-. Pero aquel hombre era demasiado listo para mí y no esperó. Pensó que yo podía sospechar y, por ello, actuó antes de que pudiera asegurarme. Sabía que yo recelaría de un accidente, así que cometió el crimen.

Un murmullo recorrió la habitación, y la señorita Marple asintió con los labios apretados.

-Temo haberlo expuesto con bastante brusquedad. Debo tratar de explicarles exactamente lo ocurrido. Siempre he experimentado un sentimiento de amargura al recordarlo. Siempre me he sentido como si hubiera debido evitarlo a toda costa, pero quién conoce los designios del señor. De todas formas hice lo que pude.

"Se respiraba una atmósfera extraña, como si flotara una amenaza en el aire oprimiéndonos a todos: el presentimiento de una desgracia. Para empezar, primero murió George, el jefe de porteros, que llevaba años en el balneario y conocía a todo el mundo. Cogió una neumonía complicada con bronquitis y falleció en cuatro días. Fue muy triste para todos. Y, además, cuatro días antes de Navidad. Y luego una de las doncellas, una chica muy simpática; se le infectó un dedo y murió a las veinticuatro horas.

"Yo me encontraba en el salón con la señorita Trollope y la anciana señora Carpenter, y ésta se mostraba terriblemente pesimista.

"-Fíjense bien en lo que les digo -anunció-. Seguro que la cosa no acaba aquí. ¿Conocen el refrán? No hay dos sin tres. Siempre resulta cierto. Tendremos otra muerte, no me cabe la menor duda. Y no habrá que esperar mucho. No hay dos sin tres.

"Cuando dijo estas últimas palabras, moviendo afirmativamente la cabeza y haciendo tintinear sus agujas de punto, yo alcé la vista un momento y mis ojos se encontraron con el señor Sanders, que permanecía de pie junto a la puerta. Por un momento le pillé desprevenido y pude leer en su rostro con la misma facilidad que en un libro abierto. Creeré hasta el fin de mis días que las palabras de la señora Carpenter le dieron la idea. Vi que trabajaba su cerebro. Y penetró en la estancia con su habitual sonrisa.

"-¿Puedo hacer alguna compra de Navidad por ustedes, señoras? -preguntó-. Voy a ir ahora a Keston.

"Permaneció en nuestra compañía durante un par de minutos, riéndose y charlando, y luego se marchó. Como les digo, yo estaba preocupada y dije inmediatamente:

"-¿Dónde está la señora Sanders? ¿Alguien lo sabe?

"La señorita Trollope dijo que había ido a jugar al bridge con unos amigos suyos, los Mortimer, y me tranquilicé momentáneamente, pero seguía preocupada, pues no sabía qué hacer. Media hora más tarde, subí a mi habitación y por el camino me encontré al doctor Coler, mi médico, y como quería consultarle acerca de mi reuma, lo llevé a mi habitación. Fue entonces cuando me habló (confidencialmente, según dijo) de la muerte de la pobre Mary, la doncella. El gerente no quería que se supiera y por ello me aconsejó que no se lo dijera a nadie. Desde luego yo no le dije que no hablábamos de otra cosa desde hacía una hora, cuando la pobre joven exhaló su último suspiro. Esas noticias corren en seguida y un hombre de su experiencia debía saberlo bastante bien. Pero el doctor Coler fue siempre un individuo confiado que creía lo que quería creer, y eso fue lo que me alarmó un minuto más tarde, al decirme que Sanders le había pedido que echara un vistazo a su esposa, pues últimamente no hacía bien las digestiones, etc.

"Y aquel mismo día Gladys Sanders me había dicho que había hecho maravillosamente la digestión y que estaba muy contenta.

"¿Comprenden? Todas mis sospechas volvieron a mí centuplicadas. Estaba preparando el camino... ¿para qué? El doctor Coler se marchó antes de que yo me hubiera decidido a hablarle, aunque, de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decir. Cuando salí de la habitación, Sanders en persona bajaba del piso de arriba. Iba vestido para salir y me preguntó si quería algo de la ciudad. ¡Hice un esfuerzo terrible para contestarle amablemente! Y luego fui al vestíbulo para pedir un té. Recuerdo que eran más de las cinco y media.

"Ahora quisiera explicarles claramente lo que ocurrió a continuación. A las siete menos cuarto seguía aún en el vestíbulo cuando vi entrar a el señor Sanders acompañado de dos caballeros. Los tres venían muy 'alegres'. El señor Sanders, dejando a sus amigos, vino hacia donde yo me encontraba sentada con la señorita Trollope para pedirnos consejo acerca del regalo de Navidad que pensaba hacerle a su esposa. Se trataba de un bolso de noche muy elegante.

"-Comprenderán, señoras -nos dijo-, que yo soy simplemente un rudo lobo de mar. ¿Qué entiendo yo de estas cosas? Me han dejado tres para que escoja y deseo contar con una opinión experta.

"Por supuesto, nosotras le dijimos que le ayudaríamos encantadas, y nos pidió que le acompañáramos a su habitación, ya que si los bajaba temía que su esposa pudiera llegar en cualquier momento. De modo que subimos con él. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego, aún tiemblo al pensarlo.

"El señor Sanders abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. No sé cuál de nosotras la vio primero.

"La señora Sanders estaba tendida en el suelo, boca abajo, muerta.

"Yo fui la primera en llegar junto a ella. Me arrodillé y le cogí la mano para tomarle el pulso, pero era inútil, su brazo estaba frío y rígido. Junto a su cabeza había un calcetín lleno de arena, el arma con la que la habían golpeado. La señorita Trollope, una criatura estúpida, gemía en la puerta con las manos en la cabeza. Sanders gritó: “Mi esposa, mi esposa”, y corrió hacia ella. Yo le impedí tocarla. Comprendan, en aquel momento estaba segura de que había sido él, y tal vez quisiera quitar u ocultar alguna cosa.

"-No hay que tocar nada -le dije-. Domínese, señor Sanders. Señorita Trollope, haga el favor de ir a buscar al gerente.

"Yo permanecí arrodillada junto al cadáver. No quería que Sanders se quedara a solas con él. Y no obstante tuve que admitir que, si el hombre estaba fingiendo, lo hacía maravillosamente. Daba la impresión de estar completamente fuera de sí.

"El gerente no tardó en reunirse con nosotros y, tras inspeccionar rápidamente la habitación, nos hizo salir a todos y cerró la puerta con una llave que se guardó. Luego fue a telefonear a la policía. Tardaron un siglo en aparecer. Luego supimos que la línea estaba estropeada y que había tenido que enviar a un mozo al puesto de policía, y el balneario está fuera de la ciudad, junto a los páramos. La señora Carpenter estaba muy satisfecha de que su profecía “No hay dos sin tres” se hubiera cumplido tan rápidamente. Oí decir que Sanders paseaba por los alrededores con las manos en la cabeza, gimiendo y demostrando un gran pesar.

"Finalmente llegó la policía y subieron a la habitación con el gerente y el señor Sanders. Más tarde enviaron a buscarme. El inspector escribía sentado ante una mesa. Era un hombre inteligente y me gustó.

"-¿Señorita Marple? -preguntó.

"-Sí.

"-Tengo entendido que estaba usted presente cuando fue encontrado el cadáver de la difunta.

"Respondí que sí y pasé a contarle lo ocurrido. Creo que para el buen hombre fue un alivio encontrar a alguien que respondiera a sus preguntas con coherencia, después de haber tenido que tratar con Sanders y Emily Trollope, que estaba completamente desmoronada, es natural, la pobrecilla. Recuerdo que mi querida madre me enseñó que una señora ha de saberse dominar siempre en público, por mucho que se descomponga en privado.

"-Un principio admirable -dijo don Henry con admiración.

"-Cuando hube terminado, el inspector me dijo:

"-Gracias, señora. Ahora lamento tener que pedirle que vuelva a mirar el cadáver. ¿Era ésa exactamente su posición cuando usted entró en la habitación? ¿No ha sido movido?

"Le expliqué que había impedido que lo hiciera el señor Sanders y el inspector asintió con aire de aprobación.

"-El caballero parece muy afectado -observó.

"-Sí, lo parece -repliqué.

"No pensaba haber puesto ningún énfasis especial en el “lo parece”, pero el inspector me miró con interés.

"-¿De modo que el cadáver se encuentra exactamente igual a como estaba cuando lo encontraron? -me dijo.

"-Sí, con la excepción del sombrero -repliqué.

"El inspector me miró sorprendido.

"-¿Qué quiere usted decir? ¿El sombrero?

"Le expliqué que la pobre Gladys lo llevaba puesto, mientras que ahora estaba junto a ella. Yo supuse que había sido cosa de la policía, pero, sin embargo, el inspector lo negó rotundamente. Hasta el momento nada había sido movido o tocado, y permaneció unos instantes contemplando la figura de la difunta con expresión preocupada. Gladys iba vestida como si se dispusiera a salir: llevaba un abrigo de lana rojo oscuro con cuello de piel, y el sombrero, un modelo barato de fieltro rojo, estaba caído junto a su cabeza.

"El inspector se quedó nuevamente en silencio con el entrecejo fruncido. Luego se le ocurrió una idea.

"-¿Recuerda usted por casualidad si la difunta llevaba pendientes o si solía llevarlos?

"Por suerte tengo la costumbre de ser muy observadora. Recordaba haber visto brillar una perla bajo el ala del sombrero, aunque entonces no le presté atención especial, pero pude contestar afirmativamente a la primera pregunta.

"-Entonces concuerda. El contenido del joyero de esta señora ha sido robado, aunque no había en él gran cosa de valor según tengo entendido, y le quitaron los anillos de los dedos. El asesino debió olvidar los pendientes y regresó por ellos después de descubierto el crimen. ¡Qué sangre fría! O tal vez... -miró a su alrededor y continuó despacio-... es posible que haya estado escondido en esta habitación todo el tiempo.

"Pero yo me negué a aceptar la idea. Le expliqué que yo misma había mirado debajo de la cama y que el gerente abrió las puertas del armario, y no existía ningún otro lugar donde pudiera esconderse un hombre. Es cierto que la parte central del armario estaba cerrada con llave, pero era sólo un espacio lleno de estantes y nadie pudo haberse escondido allí.

"El inspector asintió mientras yo le iba explicando todo aquello.

"-Tiene usted razón, señora -me dijo-. En ese caso, como ya le he dicho antes, debió regresar. ¡Un asesino de tremenda sangre fría!

"-¡Pero el gerente cerró la puerta y se guardó la llave!

"-Eso no significa nada. Queda el balcón y la escalera de incendios, por ahí entró el asesino. Es bastante probable que ustedes lo sorprendieran, se deslizara por la ventana y luego, al marcharse ustedes, regresara para continuar su trabajo.

"-¿Está usted seguro -le pregunté- de que era un ladrón?

"Me contestó secamente:

"-Bueno, eso parece, ¿no?

"Pero algo en su tono me tranquilizó. Comprendí que no le convencía el papel de viudo inconsolable que intentaba representar el señor Sanders.

"Admito con toda franqueza que me encontraba bajo lo que nuestros vecinos los franceses llaman ideé fixe. Sabía que aquel hombre, Sanders, intentaba matar a su esposa. Y no cabía desde mi punto de vista la extraña y fantástica posibilidad de una coincidencia. Estaba segura de que mi presentimiento acerca del señor Sanders era absolutamente justificado. Aquel hombre era un malvado. Y a pesar de que todos sus fingimientos hipócritas no habían conseguido engañarme, recuerdo haber pensado que fingía su sorpresa y aflicción maravillosamente bien. Parecían tan espontáneas, ya saben lo que quiero decir. Debo admitir que, después de mi conversación con el inspector, empecé a sentirme invadida por la duda. Porque si Sanders había sido el autor de aquel horrible crimen, yo no podía imaginar razón alguna por la que debiera haber vuelto por la escalera de incendios a llevarse los pendientes de su esposa. No hubiera sido lógico, y Sanders era un hombre muy sensato, por eso lo consideré siempre tan peligroso."

La señorita Marple contempló unos instantes a su audiencia.

-¿Ven tal vez adonde quiero ir a parar? En este caso creo que estaba tan segura que eso me cegó y el resultado me causó profunda sorpresa ya que se probó, sin la menor duda posible, que el señor Sanders no pudo cometer el crimen.

La señora Bantry exclamó un “oh” de sorpresa y la señorita Marple se volvió hacia ella.

-Ya sé, querida, que no era eso lo que usted esperaba cuando empecé mi historia. Yo tampoco lo esperaba. Pero los hechos son los hechos y, si se demuestra que uno se ha equivocado, hay que ser humilde y volver a empezar de nuevo. Yo sabía que el señor Sanders era un asesino en potencia y nunca ocurrió nada que destruyera esta opinión.

"Y ahora supongo que le gustará saber lo que ocurrió en realidad. La señora Sanders, como ya saben, pasó la tarde jugando al bridge con unos amigos, los Mortimer, a los que dejó a eso de las seis y cuarto. De la casa de sus amigos al balneario había un cuarto de hora paseando y algo menos a buen paso. Debió regresar a las seis y media. Nadie la vio entrar, de modo que debió hacerlo por la puerta lateral y subir directamente a su habitación. Allí se cambió (el traje chaqueta que llevaba para jugar al bridge estaba colgado en el armario) y se disponía a salir otra vez cuando la golpearon. Es muy posible que no llegara a enterarse de quién la golpeó. Tengo entendido que un calcetín relleno de arena es un arma eficiente. Eso hace pensar que su agresor debía estar escondido en la habitación, posiblemente en uno de los armarios, el que no abrió.

"Ahora pasemos a relatar los movimientos del señor Sanders. Salió, como ya he dicho, a eso de las cinco y media o un poco después. Realizó algunas compras en un par de tiendas y, cerca de las seis, entró en el Gran Hotel Spa, donde se reunió con dos amigos, los mismos que más tarde lo acompañaron al balneario. Estuvieron jugando al billar y deduzco que también bebieron bastante whisky. Esos dos hombres (se llamaban Hitchcock y Spender) estuvieron con él desde las seis en adelante. Vinieron caminando con él hasta el balneario y sólo se separó de ellos para venir a hablar conmigo y la señorita Trollope, y eso, como les dije, fue cerca de las siete menos cuarto, hora en que su esposa ya debía de estar muerta.

"Debo decirles que yo misma hablé con esos dos amigos y no me gustaron. No eran ni simpáticos ni caballeros, pero tuve la certeza de que decían absolutamente la verdad al declarar que Sanders había pasado todo el tiempo en su compañía.

"Luego se averiguó otra cosa. Al parecer, durante la partida de bridge, llamaron por teléfono a la señora Sanders. Un tal señor Littleworth deseaba hablar con ella. Pareció excitada y satisfecha por algo. Casualmente, cometió un par de errores importantes y se marchó antes de lo que esperaban.

"Le preguntaron al señor Sanders si sabía si aquel señor Littleworth era una de las amistades de su esposa, mas declaró que nunca había oído aquel nombre. Y a mí me pareció, por la actitud de su esposa, que ella tampoco debía saber gran cosa de aquel Littleworth. Sin embargo, volvió del teléfono sonriente y ruborizada, lo cual hace suponer que quienquiera que fuese no dio su verdadero nombre, y eso en sí parece sospechoso, ¿no creen?

"De todas formas, el problema quedaba planteado así: O bien era cierta la historia del ladrón, cosa improbable, o bien la teoría de que la señora Sanders se estaba preparando para ir a reunirse con alguien. ¿Ese alguien entró en su habitación por la escalera de incendios? ¿Hubo una pelea? ¿O la atacó a traición?"

La señorita Marple se detuvo.

-¿Y bien? -preguntó don Henry-. ¿Cuál es la solución?

-Me estaba preguntando si la habría adivinado alguno de ustedes.

-Nunca he sido buena adivina -contestó la señora Bantry-. Me parece una lástima que Sanders tuviera una coartada tan maravillosa. Pero si a usted le satisfizo, tenía que ser cierta.

Jane Helier hizo una pregunta moviendo su hermosa cabecita.

-¿Por qué estaba cerrada una puerta del armario?

-Qué inteligente es usted, querida -dijo la señorita Marple con el rostro resplandeciente-. Eso es lo que yo me pregunté, aunque la explicación era bien sencilla. En su interior había un par de zapatillas bordadas y unos pañuelos de bolsillo que la pobrecilla bordaba para su esposo como regalo de Navidad. Por eso estaba cerrado y la llave fue encontrada en su bolso.

-¡Oh! -dijo Jane Helier-. Entonces, al fin y al cabo, no tiene interés.

-¡Oh, claro que sí! -replicó la señorita Marple-. Es precisamente la única cosa interesante, lo que hizo fracasar los planes del asesino.

Todos miraron a la anciana.

-Yo no lo comprendí hasta al cabo de dos días -dijo la señorita Marple-. Le estuve dando vueltas y más vueltas, y de pronto lo vi todo claro. Fui a ver al inspector para pedirle que probara una cosa y lo hizo. Le pedí que le pusiera el sombrero a la pobre difunta, y no pudo, por supuesto. No le cabía. ¿Comprenden?, no era suyo.

La señora Bantry se sobresaltó.

-Pero, ¿no lo tenía puesto al principio?

-En su cabeza no.

La señorita Marple se detuvo un momento para dejar que sus palabras hicieran efecto, y luego continuó:

-Dimos por hecho que aquel cadáver era el de la pobre Gladys, pero no le miramos la cara. Recuerden que estaba boca abajo y el sombrero le tapaba completamente la cabeza.

-Pero, ¿fue asesinada?

-Sí, más tarde. En el momento en que nosotros avisábamos a la policía, Gladys Sanders estaba viva.

-¿Quiere decir que otra persona fingió ser la muerta? Pero sin duda cuando usted la tocó...

-Era un cadáver lo que yo toqué, desde luego -replicó la señorita Marple en tono grave.

-Pero válgame el cielo -dijo el coronel Bantry-, no es posible deshacerse de un cadáver con tanta facilidad. ¿Qué hicieron después con el primero?

-Lo devolvió -dijo la señorita Marple-. Fue una idea malvada, pero muy inteligente, y se la dieron las palabras que nos oyó decir en el salón. ¿Por qué no utilizar el cadáver de la pobre Mary, la doncella? Recuerden que la habitación de los Sanders estaba entre las de los criados. Y la de Mary estaba dos puertas más allá, y los de la funeraria no irían a recoger el cadáver hasta después de que anocheciera. Él contaba con ello. Se llevó el cadáver por el balcón (a las cinco era ya de noche) y lo vistió con un traje de su esposa y su abrigo encarnado. ¡Y entonces encontró cerrada con llave la puerta del armario donde su esposa guardaba los sombreros! Sólo podía hacer una cosa: coger uno de los sombreros de la doncella. Nadie habría de notarlo. Dejó el calcetín relleno de arena junto a ella y fue en busca de sus amigos para establecer su coartada.

"Telefoneó a su esposa dando el nombre de el señor Littleworth. Ignoro lo que le diría, ella era tan crédula, pero consiguió que abandonara su partida de bridge y regresara antes para encontrarse con él a las siete, junto a la escalera de incendios del balneario. Probablemente diciéndole que le reservaba una sorpresa.

"Regresó al balneario con sus amigos y se las arregló de modo que la señorita Trollope y yo descubriéramos el crimen con él. Incluso hizo ademán de querer dar la vuelta al cadáver ¡y yo lo detuve! Luego se avisó a la policía y él salió a lamentarse por los alrededores.

"Nadie le pidió que presentara una coartada después del crimen. Se reúne con su esposa, la hace subir por la escalera de incendios y entrar en su dormitorio. Tal vez le ha contado ya alguna historia para explicar la presencia del cadáver. Ella se inclina junto a él y Sanders la golpea con el calcetín relleno de arena. ¡Oh, Dios mío! ¡Todavía me estremezco! Y la chaqueta la cuelga en el armario y la viste con las ropas del otro cadáver.

"Pero el sombrero no le entra. La cabeza de Mary es pequeña y, en cambio, Gladys Sanders, como ya he dicho, llevaba un gran moño en la nuca. Por ello se ve obligado a dejarlo junto a ella con la esperanza de que nadie lo note. Luego vuelve a llevar el cuerpo de la pobre Mary a su habitación, donde la coloca de nuevo decorosamente."

-Parece increíble -dijo el doctor Lloyd-. Los riesgos que llegó a correr. La policía podía haber llegado demasiado pronto.

-Recuerde que la línea telefónica estaba averiada -replicó la señorita Marple-. Eso fue parte de su obra. No podía arriesgarse a que la policía se presentara demasiado pronto y, cuando llegaron, estuvieron un buen rato en el despacho del gerente antes de subir al dormitorio. Ésa era la parte más peligrosa de su plan: que alguien notara la diferencia entre un cuerpo que llevaba dos horas muerto y otro que sólo llevaba media hora. Pero confiaba en que las personas que habían descubierto el crimen no fueran expertas en la materia.

El doctor Lloyd asintió.

-Se supuso que el crimen había sido cometido a las siete menos cuarto poco más o menos. Y en realidad lo fue a las siete o pocos minutos después. Cuando el forense examinó el cadáver, debían ser cuanto menos las siete y media, y no podía precisarlo.

-Yo era la única que podía haberse dado cuenta -dijo la señorita Marple-. Cogí la mano de la muchacha y estaba fría como el hielo. ¡Poco después el inspector dijo que el crimen debía haberse cometido poco antes de nuestra llegada y yo no me di cuenta!

-Creo que se dio usted cuenta de muchas cosas, señorita Marple -replicó don Henry-. Ese caso ocurrió antes de que yo ocupara mi cargo. Ni siquiera recuerdo haberlo oído. ¿Qué ocurrió?

-Sanders fue ahorcado -explicó la señorita Marple-. Nunca me arrepentiré de haber ayudado a hacer justicia. No tengo esos escrúpulos humanitarios que rechazan la pena capital.

Su rostro se dulcificó.

-Pero me he reprochado a menudo amargamente no haber sabido salvar la vida de aquella pobre joven. ¿Pero quién hubiera escuchado a una pobre vieja? Vaya, vaya, ¿quién sabe? Tal vez fuera mejor para ella morir cuando era feliz que vivir luego desgraciada y desilusionada en un mundo que de pronto le hubiera parecido horrible. Ella amaba a aquel canalla y confiaba en él. Nunca llegó a descubrirlo.

-Bueno, entonces -dijo Jane Helier- todo terminó bien. Muy bien, quiero decir... -Se detuvo.

La señorita Marple miró a la hermosa y célebre Jane Helier y dijo asintiendo hacia ella amablemente:

-Comprendo, querida, comprendo.

FIN

Cuento maravilloso

Riquet – el – del – Copete,  de Charles Parrault



Había una vez una reina que dio a luz un hijo tan feo y tan contrahecho que mucho se dudó si tendría forma humana. Un hada, que asistió a su nacimiento, aseguró que el niño no dejaría de tener gracia pues sería muy inteligente, y agregó que en virtud del don que acababa de concederle él podría darle tanta inteligencia como la propia a la persona que más quisiera.

Todo esto consoló un poco a la pobre reina que estaba muy afligida por haber echado al mundo un bebé tan feo. Es cierto que este niño, no bien empezó a hablar, decía mil cosas lindas, y había en todos sus actos algo tan espiritual que irradiaba encanto. Olvidaba decir que vino al mundo con un copete de pelo en la cabeza, así es que lo llamaron Riquet-el-del-Copete, pues Riquet era el nombre de familia.

Al cabo de siete u ocho años, la reina de un reino vecino dio a luz dos hijas. La primera que llegó al mundo era más bella que el día; la reina se sintió tan contenta que llegaron a temer que esta inmensa alegría le hiciera mal. Se hallaba presente la misma hada que había asistido al nacimiento del pequeño Riquet-el-del-Copete, y para moderar la alegría de la reina le declaró que esta princesita no tendría inteligencia, que sería tan estúpida como hermosa. Esto mortificó mucho a la reina; pero algunos momentos después tuvo una pena mucho mayor pues la segunda hija que dio a luz resultó extremadamente fea.

-No debe afligirse, señora -le dijo el hada- su hija tendrá una compensación: estará dotada de tanta inteligencia que casi no se notará su falta de belleza.

-Dios lo quiera -contestó la reina-; pero, ¿no había forma de darle un poco de inteligencia a la mayor que es tan hermosa?

-No tengo ningún poder, señora, en cuanto a la inteligencia, pero puedo todo por el lado de la belleza; y como nada dejaría yo de hacer por su satisfacción, le otorgaré el don de volver hermosa a la persona que le guste.

A medida que las princesas fueron creciendo, sus perfecciones crecieron con ellas y por doquier no se hablaba más que de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la menor. Es cierto que también sus defectos aumentaron mucho con la edad. La menor se ponía cada día más fea, y la mayor cada vez más estúpida. O no contestaba lo que le preguntaban, o decía una tontería. Era además tan torpe que no habría podido colocar cuatro porcelanas en el borde de una chimenea sin quebrar una, ni beber un vaso de agua sin derramar la mitad en sus vestidos.

Aunque la belleza sea una gran ventaja para una joven, la menor, sin embargo, se destacaba casi siempre sobre su hermana en las reuniones. Al principio, todos se acercaban a la mayor para verla y admirarla, pero muy pronto iban al lado de la más inteligente, para escucharla decir mil cosas ingeniosas; y era motivo de asombro ver que en menos de un cuarto de hora la mayor no tenía ya a nadie a su lado y que todo el mundo estaba rodeando a la menor. La mayor, aunque era bastante tonta, se dio cuenta, y habría dado sin pena toda su belleza por tener la mitad del ingenio de su hermana.

La reina, aunque era muy prudente, no podía a veces dejar de reprocharle su tontera, con lo que esta pobre princesa casi se moría de pena. Un día que se había refugiado en un bosque para desahogar su desgracia, vio acercarse a un hombre bajito, muy feo y de aspecto desagradable, pero ricamente vestido. Era el joven príncipe Riquet-el-del-Copete que, habiéndose enamorado de ella por sus retratos que circulaban profusamente, había partido del reino de su padre para tener el placer de verla y de hablar con ella.

Encantado de encontrarla así, completamente sola, la abordó con todo el respeto y cortesía imaginables.

Habiendo observado, luego de decirle las amabilidades de rigor, que ella estaba bastante melancólica, él le dijo:

-No comprendo, señora, cómo una persona tan bella como usted puede estar tan triste como parece; pues, aunque pueda vanagloriarme de haber visto una infinidad de personas hermosas, debo decir que jamás he visto a alguien cuya belleza se acerque a la suya.

-Usted lo dice complacido, señor -contestó la princesa, y no siguió hablando.

-La belleza, replicó Riquet-el-del-Copete, es una ventaja tan grande que compensa todo lo demás; y cuando se tiene, no veo que haya nada capaz de afligirnos.

-Preferiría -dijo la princesa-, ser tan fea como usted y tener inteligencia, que tener tanta belleza como yo y ser tan estúpida como soy.

-Nada hay, señora, que denote más inteligencia que creer que no se tiene, y es de la naturaleza misma de este bien que mientras más se tiene, menos se cree tener.

-No sé nada de eso -dijo la princesa- pero sí sé que soy muy tonta, y de ahí viene esta pena que me mata.

-Si es sólo eso lo que le aflige, puedo fácilmente poner fin a su dolor.

-¿Y cómo lo hará? -dijo la princesa.

-Tengo el poder, señora -dijo Riquet-el-del-Copete- de otorgar cuanta inteligencia es posible a la persona que más llegue a amar, y como es usted, señora, esa persona, de usted dependerá que tenga tanto ingenio como se puede tener, si consiente en casarse conmigo.

La princesa quedó atónita y no contestó nada.

-Veo -dijo Riquet-el-del-Copete- que esta proposición le causa pena, y no me extraña; pero le doy un año entero para decidirse.

La princesa tenía tan poca inteligencia, y a la vez tantos deseos de tenerla, que se imaginó que el término del año no llegaría nunca; de modo que aceptó la proposición que se le hacía.

Tan pronto como prometiera a Riquet-el-del-Copete que se casaría con él dentro de un año exactamente, se sintió como otra persona; le resultó increíblemente fácil decir todo lo que quería y decirlo de una manera fina, suelta y natural. Desde ese mismo instante inició con Riquet-el-del-Copete una conversación graciosa y sostenida, en que se lució tanto que Riquet-el-del-Copete pensó que le había dado más inteligencia de la que había reservado para sí mismo.

Cuando ella regresó al palacio, en la corte no sabían qué pensar de este cambio tan repentino y extraordinario, ya que por todas las sandeces que se le habían oído anteriormente, se le escuchaban ahora otras tantas cosas sensatas y sumamente ingeniosas. Toda la corte se alegró a más no poder; sólo la menor no estaba muy contenta pues, no teniendo ya sobre su hermana la ventaja de la inteligencia, a su lado no parecía ahora más que una alimaña desagradable. El rey tomaba en cuenta sus opiniones y aun a veces celebraba el consejo en sus aposentos.

Habiéndose difundido la noticia de este cambio, todos los jóvenes príncipes de los reinos vecinos se esforzaban por hacerse amar, y casi todos la pidieron en matrimonio; pero ella encontraba que ninguno tenía inteligencia suficiente y los escuchaba a todos sin comprometerse. Sin embargo, se presentó un pretendiente tan poderoso, tan rico, tan genial y tan apuesto que no pudo refrenar una inclinación hacia él. Al notarlo, su padre le dijo que ella sería dueña de elegir a su esposo y no tenía más que declararse. Pero como mientras más inteligencia se tiene más cuesta tomar una resolución definitiva en esta materia, ella luego de agradecer a su padre, le pidió un tiempo para reflexionar.

Fue casualmente a pasear por el mismo bosque donde había encontrado a Riquet-el-del-Copete, a fin de meditar con tranquilidad sobre lo que haría. Mientras se paseaba, hundida en sus pensamientos, oyó un ruido sordo bajo sus pies, como de gente que va y viene y está en actividad. Escuchando con atención, oyó que alguien decía: "Tráeme esa marmita"; otro: "Dame esa caldera"; y el otro: "Echa leña a ese fuego". En ese momento la tierra se abrió, y pudo ver, bajo sus pies, una especie de enorme cocina llena de cocineros, pinches y toda clase de servidores como para preparar un magnífico festín. Salió de allí un grupo de unos veinte encargados de las carnes que fueron a instalarse en un camino del bosque alrededor de un largo mesón quienes, tocino en mano y cola de zorro en la oreja, se pusieron a trabajar rítmicamente al son de una armoniosa canción.

La princesa, asombrada ante tal espectáculo, les preguntó para quién estaban trabajando.

-Es -contestó el que parecía el jefe- para el príncipe Riquet-el-del-Copete, cuyas bodas se celebrarán mañana.

La princesa, más asombrada aún, y recordando de pronto que ese día se cumplía un año en que había prometido casarse con el príncipe Riquet-el-del-Copete, casi se cayó de espaldas. No lo recordaba porque, cuando hizo tal promesa, era estúpida, y al recibir la inteligencia que el príncipe le diera, había olvidado todas sus tonterías.

No había alcanzado a caminar treinta pasos continuando su paseo, cuando Riquet-el-del-Copete se presentó ante ella, elegante, magnífico, como un príncipe que se va a casar.

-Aquí me ve, señora -dijo él- puntual para cumplir con mi palabra, y no dudo que usted esté aquí para cumplir con la suya y, al concederme su mano, hacerme el más feliz de los hombres.

-Le confieso francamente -respondió la princesa- que aún no he tomado una resolución al respecto, y no creo que jamás pueda tomarla en el sentido que usted desea.

-Me sorprende, señora -le dijo Riquet-el-del-Copete.

-Pues eso creo -replicó la princesa- y seguramente si tuviera que habérmelas con un patán, un hombre sin finura, estaría harto confundida. Una princesa no tiene más que una palabra, me diría él, y se casará conmigo puesto que así lo prometió. Pero como el que está hablando conmigo es el hombre más inteligente del mundo, estoy segura que atenderá razones. Usted sabe que cuando yo era sólo una tonta, no pude resolverme a aceptarlo como esposo; ¿cómo quiere que teniendo la lucidez que usted me ha otorgado, que me ha hecho aún más exigente respecto a las personas, tome hoy una resolución que no pude tomar en aquella época? Si pensaba casarse conmigo de todos modos, ha hecho mal en quitarme mi simpleza y permitirme ver más claro que antes.

-Puesto que un hombre sin genio -respondió Riquet-el-del-Copete- estaría en su derecho, según acaba de decir, al reprochar su falta de palabra, ¿por qué quiere, señora, que no haga uno de él, yo también, en algo que significa toda la dicha de mi vida? ¿Es acaso razonable que las personas dotadas de inteligencia estén en peor condición que los que no la tienen? ¿Puede pretenderlo, usted que tiene tanta y que tanto deseó tenerla? Pero vamos a los hechos, por favor. ¿Aparte de mi fealdad, hay alguna cosa en mí que le desagrade? ¿Le disgustan mi origen, mi carácter, mis modales?

-De ningún modo -contestó la princesa- me agrada en usted todo lo que acaba de decir.

-Si es así -replicó Riquet-el-del-Copete- seré feliz, ya que usted puede hacer de mí el más atrayente de los hombres.

-¿Cómo puedo hacerlo? -le dijo la princesa.

-Ello es posible -contestó Riquet-el-del-Copete- si me ama lo suficiente como para desear que así sea; y para que no dude, señora, ha de saber que la misma hada que al nacer yo, me otorgó el don de hacer inteligente a la persona que yo quisiera, le otorgó a usted el don de darle belleza al hombre que ame si quisiera concederle tal favor.

-Si es así -dijo la princesa- deseo con toda mi alma que se convierta en el príncipe más hermoso y más atractivo del mundo; y le hago este don en la medida en que soy capaz.

Apenas la princesa hubo pronunciado estas palabras, Riquet-el-del-Copete pareció antes sus ojos el hombre más hermoso, más apuesto y más agradable que jamás hubiera visto. Algunos aseguran que no fue el hechizo del hada, sino el amor lo que operó esta metamorfosis. Dicen que la princesa, habiendo reflexionado sobre la perseverancia de su amante, sobre su discreción y todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, ya no vio la deformidad de su cuerpo, ni la fealdad de su rostro; que su joroba ya no le pareció sino la postura de un hombre que se da importancia, y su cojera tan notoria hasta entonces a los ojos de ella, la veía ahora como un ademán, que sus ojos bizcos le parecían aún más penetrantes, en cuya alteración veía ella el signo de un violento exceso de amor y, por último, que su gruesa nariz enrojecida tenía algo de heroico y marcial.

Comoquiera que fuese, la princesa le prometió en el acto que se casaría con él, siempre que obtuviera el consentimiento del rey su padre.

El rey, sabiendo que su hija sentía gran estimación por Riquet-el-del-Copete, a quien, por lo demás, él consideraba un príncipe muy inteligente y muy sabio, lo recibió complacido como yerno.

Al día siguiente mismo se celebraron las bodas, tal como Riquet-el-del-Copete lo tenía previsto y de acuerdo a las órdenes que había impartido con mucha anticipación.

Cuento fantástico

La noche boca arriba
De: Julio Cortázar
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

martes, 22 de noviembre de 2011

CULTERANISMO Y CONCEPTISMO

Francisco de Quevedo Villegas (1580 - 1645)

Introducción

Las corrientes principales de la poesía del siglo XVII se pueden enmarcar en el culteranismo y el conceptismo. Ambas surgen de la necesidad de algunos poetas por innovar y renovar el lenguaje poético culto del Renacimiento. Esta renovación se dio por dos vías que, en principio, parecen opuestas, y que causó enfrentamiento entre ellas. Mientras que el culteranismo se fijaba y concedía mayor importancia a la forma, el conceptismo se preocupaba más por el contenido.
El siglo XVII o "siglo barroco", continuó la línea de la poesía culta que se iniciara en el Renacimiento (principios del siglo XVI) pero por vías diferentes. Por un lado, se siguió con las últimas formas y temas, sobre todo la de Fray Luís de León; por otro lado se produjo un avance o renovación de lo ya conseguido durante el Renacimiento, en dos direcciones aparentemente opuestas: el culteranismo y el conceptismo. Decimos aparentemente, en tanto que ambos estilos comparten algunos rasgos comunes. Al mismo tiempo, la lírica popular y tradicional es seguida con interés por los principales poetas de esta época que también cultivan este género de poemas.
En los grupos poéticos andaluz y aragonés se manifiesta sobre todo la tradición clásica renacentista, incluso participando en las disputas literarias de la corte entre detractores y partidarios de Góngora, pese a que no se vieron afectados de forma tan directa como les sucediera a los poetas cortesanos. Muchas de las composiciones de este grupo continuarán con los temas de exaltación de la naturaleza, vida apacible, e ideales de estoicismo y serenidad.
Pero, es la renovación poética que intentan algunos escritores lo que da importancia a la evolución poética del siglo XVII. Góngora fue polémico en esa renovación, pues pretendió crear un lenguaje específico y alejado de la lengua clara y corriente, para incorporar a su poesía diversos recursos lingüísticos tomados del latín, y transformar otros nacidos durante el Renacimiento. Este nuevo estilo de expresión de Góngora fue llamado poesía culterana o culteranismo, y resultó duramente atacado por otros poetas de renombre, como Lope de Vega y Quevedo.
Quevedo también pretendía una renovación, pero no a través del juego de las formas, como hacía Góngora, sino del contenido, es decir, jugando con los conceptos. A esta otra orientación se le llamó poesía conceptista o conceptismo. Por lo general, ambos términos se ha entendido como opuestos, a pesar de que participan de elementos comunes.

Estilos y formas poéticas del siglo XVII

A) Culteranismo y conceptismo

Ambos estilos parten de un intento común de superar las formas renacentistas aunque separan sus estilos y siguen caminos estilísticos distintos. El culteranismo sigue la vía de la forma poética, y el conceptismo se encamina hacia el juego semántico y de conceptos.

i. Culteranismo

El culteranismo, que en un principio se definía como una voz peyorativa en contra de la poesía de Góngora y sus seguidores, pretendía hacer creaciones poéticas minoritarias y selectivas, utilizando recursos lingüísticos variados:
  • Vocabulario: se manifestó una renovación del léxico poético mediante la introducción de numerosos latinismos, los cuales resultaban extraños en esa época incluso para muchos lectores cultos.
  • Sintaxis: se produjo una auténtica revolución, pues se pretendía una aproximación de la sintaxis castellana al orden de la frase latina. Se recurría por ejemplo a hipérbatos, transposiciones, y construcciones clásicas como los ablativos absolutos o los acusativos griegos.
  • Figuras y recursos estilísticos: Los procedimientos lingüísticos no fueron los únicos utilizados por el culteranismo en su intento de crear un nuevo lenguaje poético, sino que recurre también a otras figuras y recursos estilísticos. Así, la metáfora, tan utilizada durante el Renacimiento, es renovada extrayéndole posibilidades inexploradas; por ejemplo, estableciendo relaciones ocultas entre los objetos comparados (la comparación de los objetos es la base de la metáfora), pero en este caso no existe una identificación inmediata entre ellos.
  • Motivos: el culteranismo recurre también con insistencia a motivos que ya eran utilizados con profusión durante el Renacimiento, como son los de tipo mitológico. En este periodo tales referencias clásicas se amplían, constituyendo su alusión un recurso constante.
Todos estos recursos son utilizados por el culteranismo para alejar el lenguaje poético del de uso corriente, lo que implicaba darle conscientemente a esta poesía un carácter minoritario y selecto. Góngora y otros poetas culteranos enriquecieron la expresividad poética con estos recursos literarios, aunque otros poetas con menos habilidad los utilizaron para cubrir la falta de inspiración poética o la variedad temática, convirtiéndose en una moda poco agraciada.
Góngora fue el máximo exponente de la poesía culterana, y de hecho a esa orientación poética también se le denomina habitualmente "gongorismo". La influencia de este genio fue inmensa, ya desde los primeros poemas que compuso. Incluso sus oponentes y detractores más férreos, como Quevedo y Lope de Vega, no se libraron de utilizar algunas de las técnicas Gongorinas.

ii. Conceptismo

El conceptismo encaminó sus pasos hacia la modificación del contenido poético, o sea, la alteración del mensaje literario por diversos métodos. Partiendo del ingenio, se realizaba una progresión mental que se manifestaba en la agudeza y concluía en la expresión del concepto. Los conceptistas concebían que el juego de los conceptos constituía la creación poética y literaria en general.
La orientación conceptista conseguía sus objetivos mediante recursos como la deformación de la realidad de forma humorística, ejemplo de la caricatura o el absurdo; el uso de equívocos léxicos y dobles sentidos, ideas o frases, hipérboles, antítesis de palabras, símbolos y alegorías...; o también la utilización de figuras de construcción, como los zeugmas.

LA POESÍA LÍRICA EN EL BARROCO (SIGLO XVII): GÓNGORA, QUEVEDO Y LOPE

A) Tradicionalmente se ha dividido la poesía lírica barroca española en dos grandes tendencias: CONCEPTISMO, con su máximo exponente en Quevedo, y CULTERANISMO, encabezado por Góngora. Estaríamos entonces ante dos movimientos liderados por dos genios poéticos de marcada personalidad que imponen su sello al panorama poético del siglo XVII.

CULTERANISMO
CONCEPTISMO
Corriente literaria que cultiva la forma de las palabras dejando en un segundo plano su contenido y pretende crear un mundo de belleza, impresionando para ello los sentidos con los más variados estímulos de luz, color, sonido y con un lenguaje ampuloso y culto.
Recursos- Abuso de la metáfora con el fin de crear un mundo de belleza absoluta: Puertas de rubíes en lugar de labios.
- Uso frecuente de cultismos: palabras tomadas del latín o del griego: Argentar en lugar de platear; tórrido, umbroso, áureo...
- Abuso del hipérbaton. Consiste en alterar el orden de una oración, con lo que se llega a hacer difícil su comprensión: Un torrente es su barba impetuoso, en lugar de: su barba es un torrente impetuoso.
Máximo representante: Luis de Góngora y Argote
Corriente literaria que profundiza en el sentido o concepto de las palabras; se puede definir como una agudeza mental que da preferencia a las ideas con el fin de impresionar la inteligencia o el deseo de decir mucho con pocas palabras.
Recursos- Frecuentes metáforas, no con el fin de embellecer, como el culteranismo, sino para impresionar la inteligencia: Lumbre por pecado.
- Juegos de palabras: utilización de una misma palabra con significados diferentes: "Salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno llamaban eminencia". (Quevedo.)
- Estilo breve y conciso, que se logra mediante la elipsis o eliminación de palabras. Aplican el refrán: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno".
Máximo representante: Francisco de Quevedo

Cuentos para mis alumnos de segundo

LA CASA DEL CARPINTERO

Había una vez un viejo carpintero que, cansado ya de tanto trabajar, estaba listo para anunciar su retiro y dedicarse a otras cosas. Así se lo comunicó a su jefe, y aunque iba a echar de menos el salario, necesitaba retirarse y estar con su familia. Sabía que de alguna forma sobreviviría.

Al contratista le entristeció muchísimo la noticia de que su mejor carpintero se quería retirar de forma inminente y le pidió un último favor: construir una casa más antes de retirarse. El carpintero aceptó la proposición del jefe y empezó la construcción de la que sería su última casa.

Pero a medida que pasaba el tiempo se dio cuenta de que su corazón no estaba de lleno en el trabajo. Arrepentido de haberle dicho que sí a su jefe, el carpintero no puso el esfuerzo y la dedicación que siempre ponía cuando construía una casa y la construyó con materiales de calidad inferior. Esa era, según él, una manera muy desafortunada de terminar una excelente carrera, a la cual le había dedicado la mayor parte de su vida.

Cuando por fin el carpintero terminó su trabajo, el contratista vino a inspeccionar la casa.
Al terminar la inspección, junto con un gran abrazo le dio la llave de la casa al carpintero y le dijo: “Esta es tu casa. Quiero que sea mi regalo para ti y tu familia por tantos años de buen servicio a mi lado”.

El carpintero sintió que el mundo se le venía encima… Grande fue la vergüenza interior que sintió al recibir la llave de la casa, ¡de su propia casa!

¡Ay!, si hubiese sabido con antelación que estaba construyendo su propia casa, ¡la habría hecho todo de una manera tan diferente!, ¡se habría esforzado mucho más para que todo hubiera resultado perfecto!

Pero ya era demasiado tarde..


GLOBOS


Un niño negro contemplaba extasiado al vendedor de globos en la feria del pueblo. El pueblo era pequeño y el vendedor había llegado pocos días atrás, por lo tanto no era una persona conocida....

En pocos días la gente se dio cuenta de que era un excelente vendedor ya que usaba una técnica muy singular que lograba captar la atención de niños y grandes. En un momento soltó un globo rojo y toda la gente, especialmente los potenciales, pequeños clientes, miraron como el globo remontaba vuelo hacia el cielo.

Luego soltó un globo azul, después uno verde, después uno amarillo, uno blanco...

Todos ellos remontaron vuelo al igual que el globo rojo...

El niño negro, sin embargo, miraba fijamente sin desviar su atención, un globo negro que aún sostenía el vendedor en su mano.

Finalmente decidió acercarse y le preguntó al vendedor: Señor, si soltara usted el globo negro. ¿Subiría tan alto como los demás?

El vendedor sonrió comprensivamente al niño, soltó el cordel con que tenía sujeto el globo negro y, mientras éste se elevaba hacia lo alto, dijo: No es el color lo que hace subir, hijo. Es lo que hay adentro.


SER HUMILDE

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño
silencio me preguntó: -Además del cantar de los pájaros, ¿Escuchas alguna
cosa más?... – Agudicé mi oído y algunos segundos después le respondí:
Estoy escuchando el ruido de una carreta.
Eso es- dijo mi padre-. Es una carreta vacía.
Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?

Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuando una carreta está vacía,
por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo una persona hablando demasiado,
interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportun@ o violent@,
presumid@ de lo que siente y sintiéndose prepotente, tengo la impresión de
oír la voz de mi padre diciendo:
“Cuando más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.”

Cuentos para mis alumnos de primero

SER HUMILDE

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño
silencio me preguntó: -Además del cantar de los pájaros, ¿Escuchas alguna
cosa más?... – Agudicé mi oído y algunos segundos después le respondí:
Estoy escuchando el ruido de una carreta.
Eso es- dijo mi padre-. Es una carreta vacía.
Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?

Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuando una carreta está vacía,
por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo una persona hablando demasiado,
interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportun@ o violent@,
presumid@ de lo que siente y sintiéndose prepotente, tengo la impresión de
oír la voz de mi padre diciendo:
“Cuando más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.”


¿SABES CUÁNTO VALES EN REALIDAD?

Alfredo, con el rostro abatido de pesar se reúne con su amiga Marisa en un bar a tomar un café.
Deprimido descargó en ella sus angustias...que el trabajo, que el dinero, que la relación con su pareja, que su vocación...todo parecía estar mal en su vida.

Marisa introdujo la mano en su cartera, sacó un billete de 50 dólares y le dijo:
- Alfredo, quieres este billete ?
Alfredo, un poco confundido al principio, inmediatamente le dijo:
- Claro Marisa...son 50 dólares, quién no los querría ?
Entonces Marisa tomó el billete en uno de sus puños y lo arrugó hasta hacerlo un pequeño bollo. Mostrando la estrujada pelotita verde a Alfredo volvió a preguntarle:
- Y ahora igual lo quieres ?
- Marisa, no sé qué pretendes con esto, pero siguen siendo 50 dólares, claro que los tomaré si me lo entregas.
Entonces Marisa desdobló el arrugado billete, lo tiró al piso y lo restregó con su pie en el suelo, levantándolo luego sucio y marcado.
- Lo sigues queriendo ?
- Mira Marisa, sigo sin entender que pretendes, pero ese es un billete de 50 dólares y mientras no lo rompas conserva su valor...

- Entonces Alfredo, debes saber que aunque a veces algo no salga como quieres, aunque la vida te arrugue o pisotee, SIGUES siendo tan valioso como siempre lo hayas sido...lo que debes preguntarte es CUANTO VALES en realidad y no lo golpeado que puedas estar en un momento determinado.
Alfredo se quedó mirando a Marisa sin decir palabra alguna mientras el impacto del mensaje penetraba profundamente en su cerebro.
Marisa puso el arrugado billete de su lado en la mesa y con una sonrisa cómplice agregó:
- Toma, guárdalo para que te recuerdes de esto cuando te sientas mal...pero me debes un billete NUEVO de 50 dólares para poder usar con el próximo amigo que lo necesite !!

PERSPECTIVAS

Un día un padre y su familia rica llevaron a su joven hijo a una excursión al campo con la tenaz intención de mostrarle la pobreza en la cual viven algunos.

La familia pasó un día y una noche en la granja de una familia muy pobre. Al volver de la excursión el padre preguntó al hijo, -¿Qué tal el viaje?-

-¡Muy bien, Papa!-

-¿Has visto la pobreza en la cual viven algunos?- preguntó el padre.

-¡Si!- -¿Y qué es lo que has aprendido?-

Respondió el hijo, - Vi que tenemos nosotros un perro en casa y tienen ellos cuatro. Nosotros tenemos una piscina que llega hasta la mitad del jardín, ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos lámparas importadas en el jardín, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el jardín, ellos tienen todo el horizonte.-

Cuando el chico cesó de hablar su padre no sabía que decir.

El chico añadió; - ¡Gracias papá por mostrarme lo pobres que somos!-

lunes, 7 de noviembre de 2011

Guía de Español 3



COLEGIO ANGLO MEXICANO DE COYOACÁN

S E C U N D A R I A
ES4-614
CICLO ESCOLAR 2011-2012


GUIA DE ESPAÑOL CORRESPONDIENTE AL MES DE NOVIEMBRE.

Profesores: María Clarisa Flores H.   y   Sergio Raúl Vázquez Garduño.            Grado: Tercero

INSTRUCCIONES:

I.              Contesta correctamente lo que se te pide a continuación:

1.     ¿A qué se le conoce como “Siglos de Oro” en la literatura universal?

2.     Escribe el nombre de cinco autores españoles representantes de esta época, así como sus obras más emblemáticas.

3.     Escribe cinco datos relevantes sobre la vida de Miguel de Cervantes Saavedra.

4.     Escribe cinco datos importantes sobre la obra cumbre de dicho escritor español.

5.     ¿Cuáles son las oraciones compuestas coordinadas?

6.     ¿Qué es un nexo?

7.     Escribe siete nexos que podrías llegar a utilizar en este tipo de oraciones.

8.     ¿Cuál es la clasificación de las oraciones compuestas coordinadas? Explícalas y redacta un ejemplo por cada una de ellas.




Guía de Español 2



COLEGIO ANGLO MEXICANO DE COYOACÁN

S E C U N D A R I A
ES4-614
CICLO ESCOLAR 2011-2012


GUIA DE ESPAÑOL CORRESPONDIENTE AL MES DE NOVIEMBRE.

Profesores:  María Clarisa Flores H.   y   Sergio Raúl Vázquez Garduño.           Grado: Segundo

INSTRUCCIONES:

Realiza la lectura del siguiente texto.

El valor de las cosas

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?"
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó-: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E e e … encantado, maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.
-Bien-asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. ¡Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas!
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-¡58 monedas!-exclamó el joven-.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: ¡una joya, valiosa y única! Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

I.              Contesta correctamente lo que se te pide a continuación:

1.     ¿Qué percepción tenía el joven de sí mismo al llegar con su maestro?

2.     ¿Por qué el maestro en lugar de ayudarlo en ese momento, decidió pedirle ayuda?

3.     ¿Cuál fue la actitud que tomó el joven al ofrecer el anillo del maestro?

4.     Cuando regresó del mercado, ¿cómo crees que se sentía y qué pensaba al respecto?

5.     ¿Cuál es el aprendizaje que obtuviste de esta historia zen?


II.         Responde correctamente las siguientes cuestiones:

1.     Escribe la definición de cuento.


2.     Elabora un cuadro sinóptico tomando en cuenta la forma en la que podemos dividir al cuento (secuencia).

3.     Realiza un cuadro comparativo en la que contemples tres diferencias entre el cuento y la novela.


4.     Realiza un cuadro en el que escribas los tres tipos de personajes que podemos encontrar en los cuentos, así como la definición de cada uno de ellos.
A partir de la historia que leíste, identifica los tipos de personajes que encontraste en ella: protagonistas, secundarios, incidentales.


5.     ¿Qué es el ambiente del cuento?
Describe el ambiente de la historia zen.


6.     ¿Qué es la trama en un cuento?
Escribe la trama de la historia.

7.     Escribe tres posibles usos del guion largo.


8.     Busca -en algún medio impreso-  tres ejemplos  distintos del uso del guion largo.


9.     Redacta un enunciado –apoyándote en un diccionario- utilizando los siguientes pares de palabras:

arroyo/arrollo               cayado/callado             haya/halla         gayo/gallo        maya/malla

cayó/calló                    huya/hulla